La transformación de la crin en Challes | Hermes

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La transformación de la crin en Challes

Adiós a la vida palaciega, a los asientos de carruajes y a las enaguas de crinolina… El tejido con trama de crin, introducido en el mobiliario a partir de finales del siglo XVIII por su resistencia, su solidez y su estética, ha visto más de una revolución. El taller de Challes, creado en 1814 y adquirido por Hermès en 1996, es el último del mundo que teje esta elegante fibra empleando telares centenarios.
¿Quién podría imaginar que a dos pasos de la iglesia del pueblo ocho tejedoras se relevan frente a imponentes mecanismos para domar la crin? Los motivos más complejos nacen de los nueve telares de Jacquard centenarios que dominan el espacio del taller, bajo un techo de tipo catedral. Estos ilustres ancestros del ordenador, controlados por programas escritos en cartones perforados, lo tienen todo a su favor para robarle el protagonismo los telares de lizos, más sencillos y destinados a los tejidos lisos y de rayas. Pero hasta con los mejores telares hay que armarse de paciencia: a razón de 5 metros de tela por máquina y día, es necesario calcular unas dos semanas de trabajo para obtener 20 metros de tela lista para su uso.
La crin —rubia, gris claro, alazán o negra— reunida en manojos, puede medir hasta 85 centímetros, lo que es más que suficiente para constituir la trama horizontal de tejidos de 60 a 70 centímetros de ancho.
Hacen falta dedos ágiles y un ritmo metronómico para tomar y presentar la crin, hebra a hebra, frente a una regla de madera (o lanzadera) que la lleva hacia la urdimbre de algodón, lino o lúrex. Las tejedoras tardan un año en adquirir los gestos necesarios, que compaginan con la vigilancia de la progresión del motivo. Una urdidora interviene también en distintas etapas del proceso. Concretamente, es ella la que prepara la urdimbre y elimina las fibras que sobran. Esta última operación consiste en retirar con unas pinzas hasta la más mínima hebra que sobresalga de la superficie del entramado; a continuación, se aportará flexibilidad a la tela, con muchísima precaución y con ayuda de una prensa.
Frente a las pocas producciones industriales existentes en Escocia o en China, el acabado obtenido gracias a un savoir-faire único en el mundo permite que estas telas luzcan en los más hermosos salones, desde el hotel Le Negresco, en Niza, hasta el Palacio del Elíseo, en París. Hermès, además, ha experimentado con la crin incluyéndola en algunos modelos de ropa masculina y declinando su bolso Constance Ottoman en crin azul «thalassa» o rojo «casaque».

Bajo la égida de Créations Métaphores, los metros de crin tejidos cada año viajan también por todo el mundo, en las maletas de arquitectos, decoradores y tapiceros.

«Saber que somos los últimos del mundo en tejer la crin de forma artesanal aporta un sentido verdaderamente especial a nuestro trabajo».

Anita Clavier, tejedora de crin en Challes desde hace 41 años

 

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